Nosce Te Ipsum

viernes, 24 de septiembre de 2010

DIARIO DE UN VIAJE: Día 8 por Azules

Desde pequeña, y como se habrá podido deducir de lo que escribo, he tenido debilidad por la iglesias. Desde la más humilde ermita hasta las más gloriosa catedral. No tiene nada que ver con la religiosidad, pues, desgraciadamente, no soy creyente. Sobre todo se debe a dos cosas: una, la espiritualidad que emanan, y que me empapa hasta los huesos, removiendo lo más profundo de mi ser. Otra, el hecho de que en ellas me siento segura. Es como si me transmitieran su fortaleza de siglos de historia y piedra. Como si dentro de ellas, bajo su amparo y su luz, nada malo pudiera ocurrime.
Siempre que he visitado los claustros, anexos a algunas de ellas, en los que, salvo temporada alta, se respira paz y silencio, me he preguntado cómo serían durante la noche. Qué los habitaria. Qué afortunado sería quien, paseándolos en soledad, pudiera meditar o, simplemente, cerrar los ojos y respirar.
Hoy puedo saberlo. Estoy en León, y me alojo en el Parador de San Marcos. Lo he querido así como broche final a un viaje mágico. Y dejando a un lado su monumentalidad, su preciosa e inmensa fachada, las colchas y cortinas de damasco rojo...está el Claustro. Esta noche nadie entra en él, así que escribo y pienso, pienso y escribo...
He amanecido aún en Soto de Luiña. Tras desayunar, me despido de las amables, eficaces y cálidas dueñas de mi hotel, al que me prometo volver más pronto que tarde, por muy diversos motivos. He parado en Oviedo para entrar en el Museo de Bellas Artes, en el que he pasado dos horas a placer contemplando tablas maravillosas de grandes autores. Me impacta el doloroso Cristo de Zurbarán y una acuarela enorme de Dalí que titula algo así como "La metamorfosis de los ángeles en mariposa". Es turbador e hipnotiza. Durante largos momentos no veo la mariposa. Me quedo absorta y, de repente, allí está, ante mis ojos...Y es que cuántas veces vemos mejor cuando dejamos de mirar.
Desde el coche mis ojos van despegándose poco a poco de los paisajes verdes de mil tonalidades. Tras Pajares, como cuando cae el telón, cambia de pronto el decorado, que se torna amarillo y tostado.
Llego a León a primera hora de la tarde. Como algo y descanso. La migraña planea a mi alrededor, pero finalmente se aleja.
La catedral. No puedo añadir nada a lo mucho que se ha dicho sobre ella. Sus rosetones y vidrieras tiñen de vivos colores mi piel, mi pelo y mi ropa. Columnas eternas se abren en palmeras de arcos sobre arcos dibujando las preciosas bóvedas. Todos y cada uno de los hermosos elementos góticos desfilan ante mis ojos provocando en mi alma las sensaciones que he descrito al principio, pero en grado superlativo. Mañana, antes de salir, volveré. Quiero verla bañada con la primera luz del día.
Doy una vuelta por el casco antiguo. Aquí se pide un "corto" ( vaso pequeño de mosto, cerveza o vino), que te sirven con una muy generosa tapa. No tan generosa, sin embargo como para acabar de cenar sin estar en pre-coma etílico, así que dadas mi edad y condición, decido parar en el tercer corto y comer algo sólido.
Y aquí estoy. En el Claustro. Las cruces de Santiago, numerosas si alzo la mirada, proclaman la pertenencia del mismo a la Orden Jacobina. Hay luna llena. Me siento ante el jardín rodeado de arcos de medio punto y figuras enormes de piedra rescatadas de la Catedal.
Delante de mí, la que simboliza la Fe, con los ojos vendados.

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