"Y mis palabras llovieron sobre tí, acariciándote".
P. Neruda
Sorprendida. Asustada. Toda su vida había dominado las palabras, las había hecho girar en el aire, para atraparlas y volverlas a lanzar a su antojo. Sabía trenzarlas en hermosas frases sin más objeto que el de admirar su belleza, como el artista mezcla colores, por puro capricho.
Escribir por el placer de recrearse en la composición y la forma final.Hablar por hablar, entrenarse en la dialéctica, no por competir, no por ganar. Sólo por contemplar el increíble espectáculo de las hermosas frases cruzándose entre sí, en espiral. Por sentir la música, la cadencia, el ritmo, las pausas.
Pero esto era diferente. Trascendía de lo puramente intelectual o estético. Era sensual, físico. La mente no tenía respuestas porque era el cuerpo el que gritaba pidiendo más. No había ingenios ni oraciones bellamente labradas.
Sólo palabras líquidas que se deslizaban por su cuello, acariciándolo. Él tejía las frases, gasas de seda que envolvían su piel, y las retiraba poco a poco, observando cómo ella se estremecía con su roce. Y ella cerraba los ojos para sentir las palabras rodeando sus pechos, deslizándose hacia su ombligo. Porque ya no eran verbos, sino la yema de sus dedos. Y ya no eran nombres, ni pronombres, ni adverbios ni adjetivos, sino la humedad de su lengua, sus labios en su cuerpo.
Sigue hablando, sigue escribiendo, empápame con palabras, átame con tus versos. Que no quede nada en mí que no cubran tus frases. Tatúame.
Deja caer la miel de tu idioma, caliente, carnal, susúrrame cosas que sólo tu y yo podamos entender...
Pero abro los ojos. Juegas demasiado bien a este juego, en que sólo uno gana, en que el otro siempre pierde...No nos desnudaremos con palabras. Ni nos heriremos ni nos acariciaran...qué diferencia hay. El placer de uno será el dolor del otro. Porque tú amas tus cadenas.
Nosce Te Ipsum
jueves, 13 de mayo de 2010
domingo, 2 de mayo de 2010
CAJAS por Azules
La primera caja era la más grande. Algo aplanada, y larga. Dobló con cuidado su vestido de novia, que no había querido lavar para que siempre estuviera como el día de la boda. Lo colocó dentro de la caja, con las medias de seda y el corsé de encaje. El velo no había podido encontrarlo.
Dejó la caja grande en el altillo y cogió otra, más pequeña, en la que guardó los zapatos forrados de raso. En una caja muy, muy pequeña colocó la alianza y la pulsera de la pedida. Todo al altillo.
Hasta ahí había ido bien. Pero respiró hondo cuando pensó en las cajas que quedaban por llenar, con cosas mucho más valiosas. Estiró la mano para meter en una caja redonda las risas, el humor del principio, las ganas de divertirse. Cubriéndolo todo metió también allí la monotonía, el hastío y el aburrimiento. Cerró la caja y abrió otra: ésta era mucho más grande, así que pondría en ella los proyectos, los viajes que se habían prometido hacer, la iniciativa que parecía que nunca iba a desaparecer, el amor por la aventura. Como quedaba mucho espacio llenó una bolsa con la apatía, los fines de semana siempre iguales, la ausencia de vacaciones, los ronquidos a las diez de la noche.
En otra caja, que aún olía al chocolate de los bombones, puso el amor, la pasión, el deseo de agradar al otro, de protegerlo, de mimarlo. En algún momento quedaron olvidados a la intemperie y se habían estropeado. No quiso mezclarlos con la amargura, el rencor, y la pasividad, que metió en una bolsa impermeable junto con la negación y la pérdida paulatina del respeto. Un momento, aún cabe el cansancio infinito que mató a la alegría de vivir. Así, bien cerrada la bolsa, no vaya a manchar nada con su espeso contenido.
Con mucho esmero forró una caja ovalada, como de joyería, con algodón, porque iba a contener lo más precioso: el proyecto vital, el deseo de más hijos, la unidad familiar como una fortaleza frente a la aridez del mundo. Qué absurdo, pensó, tanto algodón, si está ya todo hecho añicos. Pero cada trozo le seguía pareciendo precioso porque era una parte de lo que iba a ser su vida. De lo que nunca llegó a ser.
Subió caja por caja al altillo. Excepto una, más bien pequeña, en la que metió las fuerzas de flaqueza y el corazón transparente de puro delgado.
Como sonámbula, con la caja en la mano, apagó la luz y salió de la habitación.
Dejó la caja grande en el altillo y cogió otra, más pequeña, en la que guardó los zapatos forrados de raso. En una caja muy, muy pequeña colocó la alianza y la pulsera de la pedida. Todo al altillo.
Hasta ahí había ido bien. Pero respiró hondo cuando pensó en las cajas que quedaban por llenar, con cosas mucho más valiosas. Estiró la mano para meter en una caja redonda las risas, el humor del principio, las ganas de divertirse. Cubriéndolo todo metió también allí la monotonía, el hastío y el aburrimiento. Cerró la caja y abrió otra: ésta era mucho más grande, así que pondría en ella los proyectos, los viajes que se habían prometido hacer, la iniciativa que parecía que nunca iba a desaparecer, el amor por la aventura. Como quedaba mucho espacio llenó una bolsa con la apatía, los fines de semana siempre iguales, la ausencia de vacaciones, los ronquidos a las diez de la noche.
En otra caja, que aún olía al chocolate de los bombones, puso el amor, la pasión, el deseo de agradar al otro, de protegerlo, de mimarlo. En algún momento quedaron olvidados a la intemperie y se habían estropeado. No quiso mezclarlos con la amargura, el rencor, y la pasividad, que metió en una bolsa impermeable junto con la negación y la pérdida paulatina del respeto. Un momento, aún cabe el cansancio infinito que mató a la alegría de vivir. Así, bien cerrada la bolsa, no vaya a manchar nada con su espeso contenido.
Con mucho esmero forró una caja ovalada, como de joyería, con algodón, porque iba a contener lo más precioso: el proyecto vital, el deseo de más hijos, la unidad familiar como una fortaleza frente a la aridez del mundo. Qué absurdo, pensó, tanto algodón, si está ya todo hecho añicos. Pero cada trozo le seguía pareciendo precioso porque era una parte de lo que iba a ser su vida. De lo que nunca llegó a ser.
Subió caja por caja al altillo. Excepto una, más bien pequeña, en la que metió las fuerzas de flaqueza y el corazón transparente de puro delgado.
Como sonámbula, con la caja en la mano, apagó la luz y salió de la habitación.
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