Me dueles. Y creo que yo a tí también. Caminamos, nos movemos, apenas nos rozamos, y qué increíblemente difícil es no hacernos daño. Un comentario a destiempo, un silencio inoportuno, una mirada esquiva...y alguien sale herido. Con la mayor inconsciencia podemos pisar una ilusión, emborronar un paisaje imaginado, o echar sal en una llaga que aún sangra. Y todo ello sin darnos cuenta, sin la menor intención de causar mal. O, peor , con la mejor de las intenciones.
El día es un campo minado de almas apenas cubiertas por dos palmos de tierra. Y marchamos ligeros, buscando nuestro camino, sin percatarnos de dónde ponemos los pies. De que hay almas ya heridas y a punto de explotar al menor roce. Cuando estallan, sorprendidos, no preguntamos en medio del desastre...qué hice, por qué.
Los ojos del otro, tus ojos, miran hacia atrás, y me obligan a girarme. Vuelvo la cara y veo, incrédula, el daño que he hecho en el pasado, por no prestar suficiente atención, por no saber manejar suavemente lo más delicado.Y veo a otros, como niños inconscientes, jugando , llevando en sus manos materiales preciosos que desconocen y tratan como barro y cartón mojado. Y esos materiales son los sentimientos, los sueños, la dignidad del otro. En un instante quedan olvidados en un rincón, sin que quien allí los dejó llegara, ni por un momento, a imaginar su valor.
Con qué alegría manejamos la pólvora del otro. Qué amargo es darse cuenta de lo pequeños que somos a veces, como un insecto aplastado sin hacer el menor ruido. Lo siento. Y sé que tú tambien.
Seguiremos viviendo. Y será imposible no dolernos.
Nosce Te Ipsum
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