Son las rosas de mi balcón, justo del color que a mí me gusta, el color del coral, pequeñitas y suaves como la boca de mi niña. Es el olor a canela del té de por las tardes y de la vela que alumbra mi cama cuando el resto de luces por fin calla.
Es la marca de las tapas de los libros que voy leyendo, donde mi dedo se apoya y los dobla, mientras con los ojos cosquilleo sus páginas.
Y tambien la seda del pintalabios, con su sabor goloso, por las mañanas. Que me da el primer beso y me refresca la cara.
Los limones que perfuman la crema que me abraza. La patita de mi perro que, con su delicadeza más que humana, me roza miedoso, anhelando oir mi voz adormilada.
Es el calor de tu cuerpo de bambú, Daniela, cuando, dormida, te llevo a la cama.
Es tu nombre, Lucía, en el correo. Mi niña, mi amor, mi hermana.
La leche caliente con miel si hace frío.
La manta de alpaca..."Siempre nos quedará París", "Yo tenía una granja...".
Rachmaninov, Chopin, Mendelssohn, Tchaikovsky, los pianos y violines que tantas veces me hablan. Me riñen, me calman, susurran, me devuelven mi alma.
El brillo en los ojos del niño que me reconoce bajo la bata. Con su sabia inocencia sonríe, sabiendo que lo que sigue no le va a gustar nada. Las confidencias de sus madres, la esperanza, la confianza.
Son las cosas chiquititas que me llevan en volandas, que me ayudan a subir donde mi espíritu aguarda. Donde la frescura de la hierba moja mis palmas, y la luz caprichosa se refleja en el agua.
Las cosas pequeñas, las caricias que la vida me regala.
Saber que es posible que tu mirada busque mi mirada. Que me des tu dulzura. Temblar si te veo y, si no te veo, llorar. De pena, de alivio, de miedo , de nada.
Nosce Te Ipsum
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