Nosce Te Ipsum

domingo, 21 de diciembre de 2014

COMPASIÓN por Azules

Qué frío daba mirarle a los ojos azules. Inexpresivos, sin brillo. Tenían la dudosa cualidad de mirar a través de los ojos de los demás, sin hacer contacto. Como si en realidad miraran algo que estaba detrás.
Solía tardar en contestar, dejando un incómodo silencio, hermético como su cara. Una vez, por probar, calló ella tambien para ver cuánto aguantaba mirándola en silencio con sus ojos lechosos y vacíos. Imperturbable, podía moverse en aquella nada el tiempo que hiciera falta
" ¿Y?"- espacio, silencio, pausa-. "¿Qué quieres que haga?"- un derroche verbal-. Pasaba por guapo, de ésos de lejos, con una arrogancia que delataba su reciente llegada a un escalón social.
Dentro, en la consulta de urgencias, estaba Merche. Como todas las Navidades. O eso habían comentado en la salita. Ella era la primera vez que la veía.
Merche era guapa y desagradable. Aún conservaba un buen tipo. No muy alta, delgada, con la fuerza de los nerviosos. Llevaba, a sus cuarentaytantos, la melena larga y oscura, con alguna cana ya larga en los lados de la cara. Canas intermitentes y brillantes. Como era Merche. Fulgurante y discontínua. Con sus giros bruscos e imprevistos. Con su humor intenso e inestable, que la había alejado de todos los que quería. O los que odiaba, según el momento.
Cuando le subió las mangas para curarla, sus brazos le recordaron los anillos de un árbol talado. Un corte por cada año, por cada decepción, por cada desesperación. Ahora se añadían unas finas líneas nuevas, heridas apenas sangrantes, de esas que no se hacen para morir, sino para sentirse un poco viva.
" ¿Y?"- azules, lechosos, de mármol- "dale ya el alta, y que se vaya". " Era por si querías valorarla, hablar con ella". Y él la miró otra vez desde lejos, desde donde quiera que el motivo por el que se dedicó a esto estuviera muerto y enterrado.
Así que entró con el alta. Merche estaba con las piernas cruzadas, la de abajo moviendo la de arriba.
Sí, Merche era guapa. Con su raya negra pintada en los ojos oscuros, y los hermosos huesos de su cara delgada. Y los labios, de un rojo rabioso que escapaba hacia arriba por los surcos que sobre la boca le había marcado el fumar.
"Llama a alguien"-"No tengo saldo"-"Yo marco desde aquí, no te preocupes"-"El tío que me ha traido, bueno, mi novio, se ha tenido que ir"- "Vale. ¿Y a quièn llamo?"-"A mi madre'.
Oyó el tono un buen rato.- "Le llamo del hospital"- Cuelgan.-" Se ha cortado, Merche". Y a Merche se le tuerce la boca.-" Ya. Pues llama a este, que es el padre de mi hija". " Un hijoputa, que tiene la culpa de que yo esté así. Lo menos que puede hacer es venir a por mí."
"Merche, que dice que tiene las llamadas restringidas"-" ¿Ves?. Un hijoputa. Ni le preocupa dónde estoy en Navidad".
"Bueno, pues me salgo fuera, que mi novio seguro que vuelve. Tiene un cochazo. Y ése por mí hace lo que sea. Es el mejor. Más que mi familia me quiere".
Y la vio salir sobre sus botas negras de tacón, la melena a media espalda, con chulería y olor a tabaco.
Y vio al guapo meterse en la salita para no cruzársela, para que no le rozara el halo de intensidad vital de la mujer. Para que no le contaminara de emociones, contradicciones ni sufrimiento.
A las seis de la mañana tuvo un respiro. A la calma de la madrugada, salió con un café de la máquina a respirar aire fresco.
Y vio a Merche sentada en la parada del autobús. Su silueta borrosa tras el cristal empañado. Fumando. Mirando al móvil sin saldo. Hecha un ovillo. Con el bolso barato colgando al hombro. Y con su vacío colgando del alma difícil, atormentada.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me gusta, Azulardiendo.