No hay oscuridad como la de Noviembre. No es como una negra y brillante noche que nos regala el joven año. Ni la cálida, y violenta turbidez de las tormentas de verano. Es un cielo gris, espeso y difícil, con los párpados caídos y violáceos de los ancianos. Con su atmósfera densa y opresiva, de nubes metálicas y afiladas, nos deja deslumbrar por el halo blanco de un sol frío y distante que nos niega la mirada.
Noviembre es el principio de la larga marcha a través de días de noches prematuras y prolongadas. A través del gélido humor que empapa piel y huesos, atravesando cualquier capa de alpaca, amor, o consuelo. Y clava sus cristales de hielo en nuestro ánimo, con presagios de muerte y eterno destierro.
Qué largos se hacen sus cortos días. Qué interminable sensación de aislamiento enajena los sentidos, exaltándolos o apagándolos , alejando de cualquier modo el espíritu , elevando, hundiendo y, en definitiva, rompiendo.
Noviembre es muerte y es sufrimiento. Es un ser temible y desdentado. Devora a sus hijos, pero los devora desde dentro. Es la desesperanza. El viento y la lluvia que arrecia el miedo. Y el que nace en Noviembre arrastra ese peso como un condenado su remordimiento. Se agazapa en las sombras armado frente a su padre homicida. Y cierra los ojos y aprieta la mandíbula esperando resistirse una vez más, un año más... Si Noviembre te mira a los ojos, nunca dejará de hacerlo.
Nosce Te Ipsum
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