Estamos en ese punto
en que sobran las palabras.
Demasiado entendemos
que es un molesto exceso usarlas.
Estamos en ese punto.
Ese punto.
En que mis ojos no buscan los tuyos
por si acaso tu mirada
rehuye mi mirada.
Y tus ojos miran todo,
ven todo en esta sala.
Excepto mis ojos.
No vaya a ser
que mi mirada rehuya tu mirada.
Y así, huyendo unos y otros,
chocan contra las paredes
las pupilas,
las odiosas mezquindades,
y las intenciones no intentadas.
Estamos
en ese horrible punto
en que nadie dice nada.
Porque todo es enojoso.
El silencio, y las palabras.
Moverse, o quedarse quieto.
Todo obliga a explicaciones
sobre explicaciones pasadas.
Y percibo tu fastidio,
entre aburrida y fastidiada.
Es el momento, gelatinoso,
de deshacerse de esta pulpa , pegajosa, irritante,
que nos une y nos separa.
Y lo mejor parece ser huir
limpiándose los restos
de las palabras dadas.
Así escribimos nuestra historia,
que tuvo un principio, sin planteamiento,
un desenlace,
y apenas un argumento, esponjoso,
suave de aire,y con volumen engañoso.
Qué molesto ver, en el fondo de tus ojos,
antes dulces y serenos,
esa sensación incómoda, de obligación imaginada.
Quisiera no guardarte rencor por ello.
Quisiera no ver tu presunción,
no ver mi exposición,
quisiera no haber nunca respondido a tu llamada.
En este punto estamos, recelosos y atrapados.
Silenciados y furtivos.
Ahogados y molestos.
En esta tediosa nada.
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