" El más difícil no es el primer beso, sino el último"- Paul Geraldy
Hace unos años recogí a un perro de la carretera. Era un tipo cazador, que con los meses se hizo formidable. Me dió terror que lo pudieran atropellar y fuí incapaz de dejarlo allí. Por aquel entonces ( y por este ahora), yo tenía dos perros pequeños y un piso pequeño. Aún así, desoyendo todos los consejos, me lo quedé.
Con el tiempo, y a pesar de sacarlo al menos una hora al día y darle todos los mimos, , desarrolló un "Transtorno de Ansiedad". Así que, cuando no íbamos, echaba la finca abajo con sus ladridos y lo tuvimos que tratar. Se volvió desobediente y agresivo, cada vez más, con los otros perros.
Un día atacó seriamente a un miembro de mi familia, por celos. Afortunadamente, esta persona se recuperó sin secuelas. Al perro lo sacrifiqué, destrozada, al día siguiente ( " La próxima vez no perdona"-dijo la veterinaria).
Yo lloraba, por su víctima, y por él. En todo este tiempo, jamas he culpado al perro, que sólo actuó como lo que era. La culpa fue mía. Porque no le dejé marchar. Intenté hacerle feliz quitándole la libertad. No respeté su esencia.
Si yo le hubiera dejado seguir su camino, sin aferrarme a él, dándole una vida, quizá no segura, pero sí libre, y no imponiéndole "mi" idea de "su" bienestar, todos habríamos sufrido menos.
Así, aprendí algo que debería haber sabido bastante antes: muchas, muchas veces, la única prueba del auténtico amor es dejar partir al otro.
Es de perogrullo ( ¿lo es?) que los hombres no somos equiparables a los animales. Pero ahora sería superficial quedarnos en lo superficial.
Conseguir el amor de alguien es un gran logro. Mantenerlo, es casi un milagro. Forjado de constancia, dedicación, paciencia, mucha sabiduría y poca memoria....Pues tanto, o más difícil, es liberarlo, dejar de agarrarnos a él.
Alguien a quien queremos se aleja, física o emocionalmente. Y se abre un espacio entre nosotros por el que se filtra un aire helado que deja frío donde había calor. Y esa sensación nos aterroriza.
Porque, seamos sinceros, no sólo perdemos el amor, sino todo lo que lo acompaña. Y a esa gran pérdida se suma una gran amenaza: a nuestras expectativas, a nuestra sensación de seguridad, de "propiedad" y de capacidad de decisión.
Incluso el amor más desinteresado ha generado unas expectativas: "esa persona me amará, estará conmigo", " me hará feliz con sus actos", incluso "le haré feliz y eso me hará feliz"...es mucho a lo que renunciar...¿somos tan generosos?.
¿ Somos tan valientes como para renunciar a la seguridad que nos confiere ese amor? El amado refuerza nuestro ego con su amor. Perderlo hace que el ego se tambalee...y otras cosas: el status, la seguridad de no estar solo. Hace falta gran valor para afrontar la perspectiva de una nueva soledad sin una figura de protección. Hay que amar mucho para no retener al ser querido en su lecho de enfermedad y dolor, para dejarlo partir en paz, lejos de repetidos e inútiles últimos intentos de postergar su muerte y nuestro terror.
En cuanto al sentido de la propiedad, todos lo tenemos un poco, y no es necesariamente peyorativo (el sentido patológico de la propiedad ni siquiera está sujeto a debate). El amado es un poco nuestro, no porque lo sea, sino porque , a fuerza de estar cerca, ya es parte de nosotros. Es desconcertante que esa parte quiera alejarse, como si la pierna izquierda nos pidiera que le pusiéramos el zapato porque quiere irse sola...Provoca una sensación de confusión y ruptura devastadora. Esto va muy unido a la pérdida de la creencia de que controlamos "nuestro" destino. El otro ya ha decidido. O, simplemente, no lo ha hecho, y lo hacemos por él, porque sabemos "mejor que nadie" lo que le conviene, intentando ganar la batalla: al tiempo, al desamor, a la muerte, al rencor de mil pequeñas mezquindades...todas, batallas perdidas.
¿ No es amar dejar partir, dejar crecer al otro, respetarle en su distancia?. Quizá así no este todo perdido porque, vuelva o no, "ganaremos" su felicidad, que es la nuestra ( ¿lo es?), y nuestra paz de espíritu.
De lo contrario, lo perdemos. Y perdemos.
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