Ni me pregunto. Tantos veranos ya.
Tantas vidas. Tantos mediterráneos después.
Me despierto y te busco en mis sorprendidos brazos,
de noche con un lleno inédito que, al alba, la nada va ocupando.
Y he oído lo que, acurrucada en mi origen, quise oir:
un canto disgregado, lisérgico, de delirios ciertos,
en que la locura tiene su razón,
y la crueldad es un manto protector.
Aún no sé por qué, después de años nuevos, y noches viejas,
se empeñan las ternuras en traicionarme.
Me mecen en su regazo hasta que duermo
y, después, culebras viscosas y aviesas,
penetran de nuevo en mi paz, mezquinas,
y abren mis ojos en el sueño.
Para que contemplen el momento sereno
en que tus labios rozan mis lóbulos,
musitando la plegaria redentora de amor y vida
que libera mis recuerdos del dolor y el estupor.
Siento que tus dedos apartan mi pelo,
y con tus yemas rozan la playa en que se une a la piel.
Cada fino esbozo de cabello, menudo, suave,
acabado de nacer,
se retuerce, mimoso, con tu tacto.
Y los relieves de mi cuello se marcan, porosos,
abiertos al dulce aliento que pasea tus palabras.
Y dices
que una vez fue posible lo que ya nadie cree. Ni siquiera yo.
Que no me equivoqué.
Que no te inventé como te quería querer.
Cuando tu realidad gritaba, bramaba con fuerza ,
y mi anhelo la calló, temeroso de verte a tí y no al otro.
Así, me ocupé en tejer virtudes imaginarias de seda y fuego
que nunca te habían vestido, ni podían hacerlo.
Demasiado grandes, demasiado ajustadas.
Demasiado ajenas.
Y paladeé dulzuras que no eran tuyas, ni eran mías,
engaños perfectos de palabras vanas y valores huecos.
Qué falso es lo que decíamos buscar,
tú para tí y yo para mí,
y qué cierto es que los dos los sabemos.
Por todo ello me despierto pensando
cuánto más fácil sería olvidarte
si, puesto en pie, desnudo ante mí,
por fin, en realidad, existieras.
Para tí. Porque te tengo clavado.
No en el corazón.
Sino como una bala en el cerebro.
Nosce Te Ipsum
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