Decir que soy la dueña de Zoe sería más que ingenuo. No sólo porque soy yo quien la atiende, la mima, le da de comer, la pasea , y la cuida en sus ratitos malos. Para empezar, fue ella la que me eligió a mí , y no al revés. Me incorporó a su vida desde el principio, sin condiciones. A su suave y sutil forma, me hizo suya mientras yo creía que era mía.
Del primer día que ví a Zoe, sólo recuerdo una cosita pequeña y gris al final de la correa que llevaba su amo. Debo confesar que apenas la miré, porque sólo tenia ojos para su dueño. Pero ella sí debió de verme a mí. Callada y discreta, sin apenas moverse, se quedó sentadita mientras nosotros hablábamos y nos mirábamos, y nos comíamos con los ojos y los labios. Aguantó así al menos dos horas cuando, de repente, noté algo, un roce suave en la pierna. Sobresaltada, miré hacia abajo pensando en distintas posibilidades.
Y entonces la ví. Además de mirarla, "ví" sus ojos, enormes como dos tazas de chocolate, dulces y brillantes en medio de su preciosa carita de peluche. Era tan pequeña, parecía tan desvalida... Con los años me dí cuenta de que era tremendamente fuerte, que su misma fragilidad la protegía.
Apenas tres kilos de pelo me contemplaban sentaditos a mi lado, moviendo la cola sin parar, con la cabecita así, medio inclinada, estudiándome y sosteniéndome la mirada. Debió de decidir que le gustaba, porque entonces me volvió a tocar con la patita y se tumbó sobre mi pie. Se quedó allí el resto de la noche mientras su pelo me hacía cosquillas en los dedos que, al final, se me durmieron por no moverme para no molestarla. Y cuando su dueño me llevó a casa y yo estaba abriendo el portal, me giré asombrada al oir ladridos y gritos y más ladridos...allí estaba ella, de pie en el asiento del copiloto , con las patitas apoyadas en el cristal, armando un jaleo de despedida que repitió día tras día hasta que, por fin, vivimos en la misma casa.
Yo nunca había tenido perro. Y siempre me había extrañado que sus dueños los humanizaran y les atribuyeran cualidades que me parecían sólo nuestras. Así, me había parecido cómico, y hasta ridículo oir, por ejemplo que una perra era "muy femenina". Hasta que llegó Zoe. He aprendido de ella tantas cosas, me ha dado tanto cariño, tanta energía...Desde el principio me asombró cómo, en todas las situaciones, conseguía convertirse en el centro de atención. El truco era muy sencillo. Simplemente hacía como que ignoraba todo lo que le rodeaba. Zoe escoge siempre un sitio apartado, y preferiblemente alto, desde el que puede contemplar todo sin ser vista. Y nunca demanda atención. Mantiene la postura erguida y la cabeza alta, mirando todo y no mirando nada...hasta que la gente repara en un precioso e increíble animalito de cuento, y todo son atenciones y mimos que ella "accede" a aceptar.
Zoe me ha enseñado que a veces, muchas veces, la mejor manera de obtener algo es no pedirlo. Mientras mis otros perros saltan, tocan con las patas, gimen, mueven la cola y giran alegres y sin rendirse alrededor de una mesa, ella se mantiene a distancia, como una princesa. Aunque esté literalmente muerta de hambre, nunca lo demuestra...y, por supuesto, a quién van a parar las mejores golosinas: a la pequeña, dulce y educadísima perrita , que las mira y huele repetidas veces para asegurarse de que estén a su nivel. Y yo me río por dentro porque sé que se comería eso y cualquier cosa, y al final consigue que gente que jamás se ha acercado a un animal, casi le de las gracias porque ella acepte comer algo de su mano.
Pequeñita Zoe. Valiente Zoe. Hasta muy mayor se tomaba muy en serio lo de proteger los límites de nuestro territorio. La he visto hacer salir corriendo a enormes perrazos que la pretendían, sólo con girarse y ladrarles en la cara. También la he visto, incrédula, mientras coqueteaba con otros canes más de su agrado, rozándoles la cara con su patita, para después darles la espalda...y ellos, locos de amor persiguiéndola.
Parió una madrugada de Noviembre. Se mantuvo toda la noche bajo un sofá, escondida y sin querer salir. Su amo, desesperado, me llamó cerca de las dos de la madrugada. Llegué y me tumbé en el suelo, sobre una alfombra, pegada al sofá. Y Zoe salío de su escondrijo, apoyó su cabeza encima de la palma de mi mano y fué pariendo sus cuatro cachorrillos, uno, a uno, sin moverse más que para sacarlos de sus pequeños saquitos. Después su carita volvía a mi mano y continuaba. Fue una de las experiencias más tiernas e íntimas de mi vida, y la compartí con un animal. Mi Zoe.
Zoe es ya muy mayor. A veces no recuerda quién es ni dónde está. Pero cuando la cojo en brazos y la tumbo a mi lado, vuelve a hacerse un ovillito contra mí, parece reconocer mi olor y frota su carita de ángel contra mi piel. Y yo, de nuevo, como siempre, me mantengo inmóvil durante horas, agradecida de que me mire con sus enormes ojazos y suspire, reconociéndome, y de poder oler su pelo hasta quedarnos las dos dormidas.
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