Una tarde
Sabía que duraría exactamente el mismo tiempo que él tardaba en desflecar la hoja del periódico en largas tiras...Con parsimonia, la desplegó , con los deditos oscuros, mitad raza, mitad mugre, fue rasgando el papel. Largas, delgadas tiras. Los dedos le cosquilleaban mientras las partía, una tras otra, y las colocaba en el peldaño de la estrecha escalera en la que esperaba, sentado, descalzo, como tantas veces...Ras, ras...desgarra la frase, la cara de esa mujer, el anuncio de un coche de los que nunca pasaban por su barrio.
Guardó el resto de las páginas, cuidadosamente. Su madre recogía cuanta prensa encontraba abandonada por la calle, o en los bares, y construía altas columnas de papel. Ese papel igual se leía, que le forraba ropa y zapatos en invierno, o se usaba en el excusado. También servía para limpiar la ventana, y como alfombrilla de ducha, los martes, cuando les tocaba el uso del baño común.
Ya estaba. La hoja era un puzzle de largos flagelos. Y justo entonces se abrió la puerta y salió el hombre, desconocido, y familiar, como todos. Y , como todos, evitó mirarle.
Oyó la voz de su madre desde el cuartito..." Nelson, m´hijo, ya puedes entrar...". Se despegó un trozo de papel del talón izquierdo, y se levantó.
Una noche
La despertó el silencio de los ronquidos. Con los años, así había llegado a ser, más alarmante la calma que el trueno. Lo observó, inquieta, hasta que volvió a respirar por sí mismo. Parecía que cada vez arañaba unas decimas más al segundo que separa el sueño de la muerte.
La televisión, encendida. Una tertulia sádicamente llena de tertulianos clamaba al cielo por cualquier cosa. Él, con una radio pequeña en el hombro, dejaba oir simultáneamente otro escándalo del día... El periódico, deslavazado , se derramaba por encima de la barriga hinchada y las flacas piernas. Y las manos, bordadas de venas y manchas, sujetaban los dos mandos de la tele, y el móvil.
Lo miró un poco más de lo acostumbrado, a la luz de la bombilla de 40 watios que los iluminaba, no muy generosamente, en el rincón del enorme piso.
Y lo miró. Viéndolo. Viendo los treinta años de convivencia marcados en su figura. En su pelo liso y canoso, que aún peinaba con raya y esmero. En los párpados acordeonados de pliegues que cubrían con cansancio las pestañas. La papada que ya empezaba a adelgazar...Y vió con ternura infinita el trocito de papel pegado en el corte que se había hecho al afeitarse, una mancha blanca absurda como un bigote de leche.
Así, lo amó. Como de nuevo, y de repente, volvió a amarlo sobre el cariño. Y, por primera vez en muchos años, no apagó la tele, ni la radio. Ni dobló el periódico, ni le dijo como a un niño que fuera a acostarse.
Una mañana
Dos pisos. Dos. Y ochenta peldaños, mas el de la entrada. Sábado por la mañana, su primer día libre desde hacía semana y media. Miraba subir a la niña, medio saltando y medio bailando, con más alegría y más calma de lo que era compatible con las nueve bolsas de supermercado. Dos de ellas de botes y botellas. Una , de congelados. El resto, ni las notaba.
Mientras se le dormían los dedos por el peso de las bolsas, notaba crecer en su interior la impaciencia. Sube ya, cariño, por favor...Cerró la puerta con el pie, y con el manojo de llaves en los dientes llegó exhausta a la cocina. Soltó las bolsas y empezó a guardar la compra: nevera, despensa, nevera, limpieza, despensa, nevera, cuarto de baño...no será verdad: esta pasta de dientes no tiene precinto....La impaciencia se retiró prudentemente mientras la cólera fluía a borbotones. Buscó el ticket sin éxito, sabía que la cajera se lo había metido en una bolsa mientras empujaba su compra sin contemplaciones cinta abajo.
Y al salir al comedor vió a su hija, pintando. Ya sabía sobre qué estaba pintando, aún sin verlo. Se quedó callada, mirándola. Inicialmente tenía ganas de gritar, de decirle eso no se toca, eso no se coge, ahora yo lo necesitaba...pero se quedó callada. Sintiendo cómo la ira la inmovilizaba. Y qué absurdo era todo...qué absurdo haber trabajado de esta manera, para llegar al sábado y limpiar, comprar, enfadarse con la cajera, estresarse queriendo descansar para el lunes comenzar de nuevo...y así, una semana tras otra, darle a su hija un gran futuro: estudios, un buen trabajo, responsabilidad, agotamiento, limpieza el fin de semana, compra los sábados, impaciencia, ira, absurdo....
Y la niña miró asustada a su madre, porque ponía una cara extraña.
Lo siento, mamá.
No pasa nada, cariño. Es sólo un trozo de papel.
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