Nosce Te Ipsum

viernes, 16 de julio de 2010

MEDITACIÓN por Azules

Ya abandono mi piel y allí me encuentro. Al calor de la fría humedad que sudan las paredes de piedra, los ojos se me inundan de luz que, como un manantial, me envía el claustro...no escucho, no hablo, sólo me recojo y siento. Me dejo empapar de siglos, de espíritu, y su grandeza me abraza en mi pequeñez. Las voces de santos, oraciones de reyes, humildes calaveras que moran sus tumbas, alfombras para el peregrino. Sus pensamientos, su fe, sus quebrantos.
Mirando nada, poco a poco voy viendo, y apenas respiro. Todo se enlentece, se hace mínimo, menos latidos, menos aliento...no necesito más que este silencio, este llenarme de la gracia de la pureza, de volver a la inocencia, al amor por el conocimiento, a la humildad del que espera los dones divinos, la mirada amorosa del Amor.
Cánticos me mecen, confortan mi alma con su belleza viril. Nada es tan permanente, nada tan consolador como el recuerdo del olor del incienso,la rugosidad de la roca, la estela que dejaron tras de sí tantos otros, sabios en su ignorancia, ignorantes en su erudición, atribulados, buscando luz en la oscuridad. Si tan sólo por un momento yo supiera, pudiera ver aún un diminuto reflejo del gran Don que tan esquivo me es...pero aunque la Fe aún no es para mí, la Paz me acompaña. Me baño en plata con forma ojival, como el parteluz . Y vuelvo la mirada hacia dentro, buscando los viejos anhelos, los tesoros que mi memoria desgrana, las músicas, los textos, los genuinos deseos. Trepar las columnas, elevarme hacia el cielo. Saber. Comprender. Amar.
Incluso tan diminuto, fugaz, bajo las bóvedas, mi espíritu asciende y palpita al sentir, por breves instantes, la esencia de lo trascendente. Al anticipar el amor en mí derramado como aceite candente. Al reconocerse uno y en uno.
Ungida por el óleo que alimenta mi esperanza, regreso a mi cuerpo. La luz desaparece. La Paz permanece.

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