La primera caja era la más grande. Algo aplanada, y larga. Dobló con cuidado su vestido de novia, que no había querido lavar para que siempre estuviera como el día de la boda. Lo colocó dentro de la caja, con las medias de seda y el corsé de encaje. El velo no había podido encontrarlo.
Dejó la caja grande en el altillo y cogió otra, más pequeña, en la que guardó los zapatos forrados de raso. En una caja muy, muy pequeña colocó la alianza y la pulsera de la pedida. Todo al altillo.
Hasta ahí había ido bien. Pero respiró hondo cuando pensó en las cajas que quedaban por llenar, con cosas mucho más valiosas. Estiró la mano para meter en una caja redonda las risas, el humor del principio, las ganas de divertirse. Cubriéndolo todo metió también allí la monotonía, el hastío y el aburrimiento. Cerró la caja y abrió otra: ésta era mucho más grande, así que pondría en ella los proyectos, los viajes que se habían prometido hacer, la iniciativa que parecía que nunca iba a desaparecer, el amor por la aventura. Como quedaba mucho espacio llenó una bolsa con la apatía, los fines de semana siempre iguales, la ausencia de vacaciones, los ronquidos a las diez de la noche.
En otra caja, que aún olía al chocolate de los bombones, puso el amor, la pasión, el deseo de agradar al otro, de protegerlo, de mimarlo. En algún momento quedaron olvidados a la intemperie y se habían estropeado. No quiso mezclarlos con la amargura, el rencor, y la pasividad, que metió en una bolsa impermeable junto con la negación y la pérdida paulatina del respeto. Un momento, aún cabe el cansancio infinito que mató a la alegría de vivir. Así, bien cerrada la bolsa, no vaya a manchar nada con su espeso contenido.
Con mucho esmero forró una caja ovalada, como de joyería, con algodón, porque iba a contener lo más precioso: el proyecto vital, el deseo de más hijos, la unidad familiar como una fortaleza frente a la aridez del mundo. Qué absurdo, pensó, tanto algodón, si está ya todo hecho añicos. Pero cada trozo le seguía pareciendo precioso porque era una parte de lo que iba a ser su vida. De lo que nunca llegó a ser.
Subió caja por caja al altillo. Excepto una, más bien pequeña, en la que metió las fuerzas de flaqueza y el corazón transparente de puro delgado.
Como sonámbula, con la caja en la mano, apagó la luz y salió de la habitación.
Nosce Te Ipsum
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2 comentarios:
uff, que real pero que duro a la vez, me ha impresionado de verdad
Vale, evidentemente yo no comento mis propios textos ni digo que me impresiono a mi misma...no tengo ni idea de lo que ha pasado aqui. Quien haya hecho el comentario no debe utilizar 'azules' como identidad. Ok?
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